jueves, mayo 18, 2006

E-mail de una amante - 4


No me olvido de que reclamabas masajitos y que además te debía un cuentito de "buenas noches". Madrugadas, en realidad.

Vení apoyá la cabeza acá, que yo te paso un poco los dedos, así, suavecito entre el pelo y te libero de tensiones. Sí, la piel de la panza es siempre más suave. Parece más finita. La curvita de la cadera te deja el espacio justo para apoyar la nuca ¿Sabés que hace muy poco que empecé a usar bikini para tomar sol? Sí, raro. Una más de mis rarezas. No me da vergüenza desnudarme. Pero aún así, no usaba bikini. Me daba algo exponer el cuerpo. Lo más curioso es que en Barcelona hacía topless, pero con la malla entera enrollada a la cintura. ¿Qué loco, verdad? Ahora mi panza empezó a estar bronceada, pero igual la piel parece más delicada que la del resto del cuerpo. Todavía me queda alguna marca del sol de este verano... Ah, viste que te relaja!!! No te me vayas a dormir, por favor. No me dejes hablándole al aire. ¿Te gusta el perfume? Lo uso desde hace algunos años, tal vez después de que nos encontráramos por última vez. ¿Vos en ese momento usabas Halloween, verdad? Es curiosísimo cómo me quedan los perfumes grabados en la memoria. Este es L´eau par Kenzo. Lo empecé a usar en París. ¿Qué es? Base de pomelo. Es fresco, pero a la vez tiene un toque picante. Si te ponés un poco más de costado te puedo acariciar el cuello y bajar por lo omóplatos. ¿Viste cómo se junta tensión ahí? Y eso que es la zona más delicada de las mujeres, yo siempre miro esperando ver aparecer las alas... Pero no aparecen. Te decía, lo empecé a usar como recuerdo de una mujer que conocí en París. Ella, sin conocerme, sólo por medio de unos amigos en común, me había dejado las llaves del departamento para cuando yo llegara. Ella estaba en Ucrania, en la boda de su socio. O sea, que había estado viviendo en su casa por 10 días y no le conocía la cara. Llegó el 13 de julio. Ese año milagrosamente había un verano tibio y despejado. Milagro, París es hermosa pero el clima, espanta a cualquiera. El 14 era el gran festejo. Para ellos la liberación de la Bastilla es un evento. Hay bailes en las calles, fuegos artificiales y todo un estado de gloria que resulta impensable para nuestras fiestas patrias. Esperá que me estás clavando algún huesito por ahí, nos tenemos que acomodar mejor. Bueno, te decía de la libertad. Y ese perfume me da la idea de liberación, de placer liberado. Ella me llevó la noche del 14 de julio a hacer toda la recorrida por los bailes y los festejos. Desde los fuegos artificiales en la Place dela Bastille, al baile más célebre de todo París (no te rías): los bomberos de la ciudad abren el cuartel central y ahí se junta toda la gente a bailar. ¿Te hace cosquillas? Está bien. No te paso más la yema de los dedos, abro la mano así no te da cosquillas. Bueno, primero pasamos por “el cuartel de bomberos”. Como había un mundo de gente, decidimos irnos después de que ella saludara a sus amigos. La noche estaba bárbara y por eso, volvimos caminando. Unas pocas cuadras más adelante, nos encontramos con un callejoncito, la “rue Marie et Louise” (la podés buscar en el mapa, claro que existe, distrito 11), ahí habían puesto un tabladito donde tocaba una orquesta medio improvisada, con una mina feísima que tocaba el acordeón y comandaba todo. Nos acercamos para que yo conociera el “típico” festejo francés. ¿Viste que la música popular francesa tiene algo de decadente? Ahí ella, mi amiga mi invitó a bailar. Me moría de vergüenza y de ganas. Le dije que no bailaba, no me prestó atención y, en un segundo, ya me había agarrado la mano derecha y me había pasado la mano por la cintura. Bailábamos, pero a la antigua. Sólo habíamos charlado hasta ese momento. No nos habíamos tocado. Ella se reía de mí porque me veía incómoda y haciéndose la galante me preguntaba si siempre iba a bailar a ese lugar, si estudiaba o trabajaba. Por lo visto el levante típico es típico para todos los hemisferios. Yo jugaba a hacerme la púdica (en verdad, un poco de pudor me daba) pero le contestaba y me reía. Antes de que terminara la canción ya me tenía bien sujeta por la cintura y me había entrelazado los dedos. Sentía las caderas de ella pegadas a las mías. Con los últimos compases yo me preguntaba qué hace la gente que se toca cuando termina la excusa para tocarse. Paró la música y yo la miré casi con miedo. Estábamos bailando en el medio de la calle. Me apuraba la urgencia de tenerla más cerca todavía y los otros 40 vecinos que bailaban a nuestro alrededor. Ella no me soltó. Yo agradecía la cercanía de su camiseta de algodón amarillo y el perfume de pomelo. Al pasarle la mano por la espalda, podía sentirle cada una de las vértebras. ¿Ves? Así, como te hago ahora. Cuando recomenzó el acordeón, su rodilla estaba ya instalada entre las mías. Ya no me daba cuenta si la gente nos miraba, ni si había gente. ¿Viste esas canciones al estilo Edith Piaf? Bueno, tocaban esa música. Parecía una película ¡De verdad, todavía me quedó el gustito dulzón del vino! Mmm. ¡Qué bueno! ¿No? Entonces... Ah, sí, ese fue el primer acercamiento. Fue bárbaro. Ahí empecé a usar ese perfume, no es el único, pero me trae lindos recuerdos. Y viste que está buena la historia. Sí, hace ya media hora que terminé la copa, pero igual me quedó el sabor sobre la lengua. ¿Querés sentirlo? Subí un poco la cabeza que, escorzada como estás, no te llego a la boca ni por casualidad

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