jueves, mayo 18, 2006

E-mail de una amante - 23


Viste que para la gripe hay un remedio inmejorable???? Aquí te doy una manito (ya que de manos se trata), a ver qué lográs. En cuanto hayas transpirado un poco, hacémelo saber, que se viene la segunda.
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Otra vez la mano busca otra mano sobre la sábana y otra vez hay un silencio espeso en el que nadie pensaría que puede navegar el tiempo si no fuera por los sonidos desacompasados del reloj. Otra vez el campo de batalla en el que se vuelven a cruzar los cuerpos y el deseo. Las palmas de las manos, cada una de las falanges, la oculta suavidad de la piel entre los dedos, cada borde de cada uña, unas cutículas apenas ásperas, cada milímetro de piel preanuncia el telón que se va a descorrer y presentará a las heroínas de esta escena. Ellas, personajes, las amantes. La pasión comienza a asomarse, pero se detiene en cada rincón. Al igual que las frases que se dividen obstinadamente en palabras que obligan a la obediente detención de los sonidos, así el deseo se va encaramando en cada cuerpo y se queda anhelante, respirando imperceptiblemente hasta que adivina en qué nuevo recoveco se va a instalar. Va a adelantarse por las muñecas, pero se vuelve a detener, como si comprendiera que allí, entre el meñique y el índice hay todavía zonas a explorar, pequeños valles en los que detenerse. La lengua que solaza en el hueco de la mano deja el lugar a otra lengua de imaginación distinta. Los cuerpos no ceden ningún aliento (salvo el leve jadeo que a una se le escapa en el oído de la otra). Una y la otra. ¿Son sólo dos? La palabra, sin ningún preconcepto busca ahora en lo igual la diferencia. El campo de batalla es el campo del deseo, de la acción de los cuerpos. Están ellas montadas sobre caballos imaginarios y banderas enemigas y el perfume del ataque. Entonces un cuerpo aparece sobre el otro, los pechos se tocan con los pezones erectos, flechas sobre flechas, hocicos sobre hocicos, aureolas detenidas sobre aureolas detenidas y estupefactas. Los pechos tiemblan, la respiración de los cuerpos no puede ocultarse detrás de sus combas y suaves declives, el latido del corazón no resiste su recinto, por los belfos diminutos pareciera que va a salir toda la lava de un volcán. El deseo entre los pechos desdibuja el número dos y quita las fronteras de la piel, que se reúne en un extraño monstruo binario. Pero las manos reaparecen, las bocas succionan, obstinadamente la lengua llega a otros labios en un intercambio sin fin. Apenas el rayo aparece desde las caderas, un fulgor las recorre hasta la nuca y las abre en gajos tibios y húmedos. Y, como ya no hay vuelta atrás, sólo les resta reconcentrarse en la entrega, como un pequeño homenaje al deseo.

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