miércoles, septiembre 06, 2006

E-mail de una amante - 28


Escrito por X

(Cinco posibles)
2. El gusto
Seiner Mund, Zauberfluß...(Su boca, mágica fuente...) Goethe

Había algo frutal. No necesariamente dulce, un toque de plácida acidez que hacía percibir el sabor más rápidamente. Jugo, néctar. Se impone decir ambrosía. Un perfume delicado, imposible de catalogar, sólo propio de la naturaleza. Tal vez una flor, pero predominaba el gusto. Que arroba y perturba por que no se puede describir, al mismo tiempo que no deja de fascinar.

Así había reconocido ella el sabor de su saliva. Encontraba en la boca de la otra algo de salvaje (¿una fruta, una flor?), un sabor inefable, pero no por eso ausente de las sensaciones y la memoria. Por muchos años, ese recuerdo había sido apagado, opacado. Tal vez ni siquiera estaba ya en el recuerdo. O había sido guardado como las hojas o las flores entre las páginas de un libro: protegidos y posibles de ser admirados, pero por fuera de la vida, sólo amparados por la literatura.

Pero ahora lo había reconocido perfectamente. Habían vuelto a verse después de algunos años. Antes del encuentro que se imponía, ellas se habían escrito, se habían buscado desde las palabras. Las manos escribían lo que ellas no se decían todavía. Hubo besos escritos, que perturbaban pero siempre podían desvanecerse en el aire. Ella le contaba historias, las supuestas historias que compartirían después de haberse tocado, disfrutado. Después del simulacro de la batalla cuerpo a cuerpo. Ella le proponía a la otra pusiera la cabeza entre sus muslos para descansar, que apoyara la nuca en el hueco que le ofrecía su propia cadera (ya exhausta, ya sólo capaz de ofrecer cobijo y ternura mas no placer). Y le contaba de París y otros sabores, olores y músicas. De otras manos que la habían tocado. De otros disfrutes. Y, al quedarse sin palabras (ya desesperada, ya sin amparo posible de la escritura, ya como entumecida de deseo), le había propuesto que le acercara la boca para que pudieran besarse y le ofrecía el desafío de encontrar en su lengua qué resto había dejado el vino que poco antes habían compartido. Las palabras habían inventado el beso, pero las bocas no se habían tocado todavía. Ese beso nacido de la palabra había hecho que se sucedieran las promesas de explorarse mutuamente hasta quedar sin fuerzas: perderse, hundirse en la boca de la otra. Pero el deseo ya les pesaba casi dolorosamente sobre el cuerpo porque no quedaba registro de los sabores, la humedad de la otra.

Y se sucedió el encuentro. Sin voz, sin palabras. Curiosamente la boca dejó de ser sede del gusto para pasar a ser objeto de degustación de la otra. Y ahí se produjo esa extraña, singular confirmación. Ella supo que recordaba el sabor su saliva; notó que esa boca que se ofrecía resultaba suficiente para poder desplegar toda la gama de sensaciones que habían quedado adormiladas. Y ahí apareció esa mezcla de alguna fruta cítrica, la menta, alguna flor exuberante, delicada o casi transparente pero que al llevarla a la boca se presentaba exótica, inesperada. Y así, ese sabor abrió toda evocación.
Podría haber hecho ella la versión femenina, física y deseante del Proust que desde la magdalena humedecida en la cucharada de té puede recordar toda la infancia. Ahora, embebida en la saliva de la otra podía dejarse llevar tiempo atrás, a otras escenas, a otros disfrutes. Toda marca temporal se anulaba y sólo estaba la sensación demorada de esa boca sobre/dentro/en la suya. La memoria del cuerpo. El reinado del gusto.

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