miércoles, septiembre 06, 2006

E-mail de una amante - 26


Te corresponde, te pertenece, te ensalza, te menciona, te recuerda, te recrea, te imagina, te roza (apenísimas), te describe.
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3."El tacto"
Ich wollte nur den Glanz ihrer Haut berühren B. Schlink, Der Leser
(- “Sólo quería tocar el brillo de su piel” B. Schlink, El lector)

Te siento extendida, completamente extendida sobre mí. Siento tu peso sobre mí. Apenas mis huesos te rozan. Te tomo por la cintura y te enlazo. Fuerte, en plena decisión. Como sumando mi fuerza a tu inspiración. Rogando que el camino de tu deseo sea largo y fructífero. Implorando que logres deslizarte sobre todas las sedas de oriente, te encarames a la más alta cuesta y te derrames nuevamente sobre mí, regresando en la sonrisa y el jadeo. Las gotas de tu sudor me bendicen cayendo desde los hombros, desde tu cintura. Yo soy la única y gloriosa receptora de tus ofrendas. Así como las lluvias torrenciales arrasan con toda la vegetación al caer por las laderas de las montañas, así yo te percibo arrobada en cada una de las gotas de sudor que caen sobre mí. Frías, perfectas, saladas. Podría decir desde la vulgaridad de literatura que son perlas. Pero negaría esos animalitos transparentes de aguas profundas, anémonas, flores de perfecta iridiscencia que se preocupan por nacer en cada uno de los rincones que dejan nuestros torsos al tocarse. La cuenca del ombligo, el contorno de la cintura, la línea del esternón. Siento cómo me toca el agua que te deja y me conmueve su golpeteo rítmico. Si esa danza nuestra propia del deseo no me lo impidiera, sólo moverías las caderas en la síncopa de las gotas que me tamborilean sobre la piel. Inédita música que vas destilando y que, curiosamente, no incumbe a los oídos sino al tacto. Si los gajes del sexo no nos hubieran llevado tan lejos, me detendría para reconocer la forma y frecuencia de esas dosis perfectas que ahora ya me recorren entera.
Pero te enlazo entre las piernas, mis muslos te marcan en la cintura la presión exacta para permitirte toda soberanía, elijo que mis caderas te sigan acompañando y en cálculo perfecto logramos que cada centímetro de piel y humedad pueda colmar a la otra.
Así me siento, una Dánae inédita y deseante, no fecundada por las monedas de oro en la lluvia de Júpiter (¿a quién le importaría?), sino alcanzada por el placer y rebautizada por la amante.
Ante la certera caída de los imperios, los muros, y el sol de cada día, nada se me compara a la gozosa maravilla de comprobar que las gotas de tu transpiración están cayendo sobre mí.

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