Estamos alrededor de la mesa alta de aquel bar. En rueda de amigos. Música alta. Risas, conversando y bromeando.
NO puedo dejar de observarte sin cierto arrobamiento.
El escote de tu blusa deja a la vista el más sensual de los abismos. Las perfectas secretas formas a la que una mujer puede aspirar.
Aquel mismo abismo al que me entregué una noche. Ese abismo en el que me perdí como encontrando mi lugar en tu mundo.
Las proporciones de tus senos son increíblemente perfectos, soñados, delicados, incitantes.
Tus manos acompañan en todas esas delicadas formas femeninas. Acompañan en tu máxima expresividad. Tu sonrisa no puede más que encantarme y tu mirada es otro diálogo que sabes que yo solo sé.
Abandonada a tu perfume, me acerco a tu cabellera y pierdo conciencia de todo y de todos. Me recuesto suavemente y tu voz me tranquiliza. La conversación con nuestros amigos queda en un segundo plano y solo quiero entrecerrar los ojos y disfrutarte.
Tu cuello resulta ser mi refugio predilecto. La tersura de tu piel la recorro con mis labios. Muy suavecito. Apenitas. No quiero que los percibas. Pero los percibís y te dejás. Y yo continuo y te hago sentir mi devoción.
Insisto con embriagarme con tu perfurme. Y vuelvo a abandonarme.
Tu mano se acerca a mi rostro y me acaricia. Y ahí quedo, abandonada a tus caricias como un gato que ronronea. El tiempo se detiene y nada me importa más que tus caricias.
El tiempo dejó de importar porque estoy al abrigo de tu piel.

